martes

Despidiéndome de pieles... personajes...


Mudar de piel no es algo que suceda de un día para otro. Es inevitable que el proceso comience siempre un tiempo antes que va de acuerdo a la importancia que tenga la muda en cuestión. La piel debe primero ir ahuecándose poco a poco, desprendiéndose lentamente de los tejidos que la fijan, hasta que en un momento dado comienza a deslizarse por la punta de los dedos de los pies y de a poco va llegando al centro mismo del alma y nos va abandonando definitivamente.
Las mudas pueden ser forzosas, voluntarias, o en ocasiones ambas cosas a la vez. No todas se viven con dolor. Hay pieles a las que nunca pudimos adaptarnos del todo, dentro de las cuales jamás logramos arquear la espalda sin notar cierta tirantez, esas que nunca se ajustaron como debían a nuestro contorno. En estos casos la muda será celebrada con alegría y es probable que la piel vieja acabe rápidamente en el estante más inaccesible del armario trastero. Algo muy distinto sucede cuando se trata de una piel que sí consiguió ceñirse a nuestro cuerpo definiendo nuestra silueta del modo preciso, con la que sentimos que todo movimiento era posible, en la que no había holguras desagradables. Entonces no cabe el desprendimiento de esa piel sin cierto desgarro, así como el correspondiente sufrimiento que éste genera, y el proceso será necesariamente más complicado y problemático. Si, a ese desgarro que menciono, debemos agregarle que al mismo tiempo son dos pieles de las que debo despedirme, el sentimiento de tristeza y añoranza anticipada le ganará a la perspectiva de sonrisas que propone la futura piel renovada...
Pasaré, entonces, sin dudas muchas horas contemplando las huellas, las señales y tatuajes que, mientras me envolvieron, fueron dibujándose sobre estas pieles de las que hoy empiezo a despedirme. Me esforzaré, seguramente, por retener el recuerdo de sus texturas, de sus imágenes, de sus dolores, de sus sonrisas. Intentaré, seguramente, darle la espalda a lo venidero y no querré ni hablar de ello. Evocaré, seguramente, las distancias recorridas y no dudaré en otorgarles la cuota de idealización necesaria para demorar la muda, que será igual de forma inevitable. Me embargará, seguramente, un estado de confusión y malestar cuando se vayan acercando las fechas señaladas.
Lloraré, seguramente.
Pero dicen los expertos que las lágrimas suelen facilitar y suavizar el desprendimiento de la antigua piel, antiguas pieles en este caso, y es por eso que son tan necesarias, las lágrimas digo, cuando mude de piel, de pieles, en este caso, por las que he sentido, y aún siento, tanto apego.